Autor

Analizaremos los libros de Jueces y Rut como una unidad debido a que los hechos que se relatan en este último tuvieron lugar durante la época de los jueces (Rt. 1:1). Ambos libros han sido cuestionados por la identidad del autor, la fecha de composición, el propósito de la obra y la posible inclusión de textos no originales por parte de redactores posteriores.


Aunque ninguno de los dos libros permite identificar al autor, la tradición judía (Baba Bathra 14b-15a) afirma que ambos fueron escritos por el profeta Samuel. Se han planteado, al menos, tres cuestionamientos que confrontan esta postura. (1) En ambos libros, las referencias a la época de los jueces dejan entrever un pasado lejano (Jue. 17:6; 18:1; 19:1; 21:25; Rt. 1:1; 4:17,22). (2) Los libros explican hechos y costumbres del pasado (Jue. 11:39; 14:10; 20:27-28; Rt. 4:7). (3) El texto en Jue. 21:25 dice: «En estos días no había rey en Israel…», lo cual parece indicar que fue escrito en una época en la que sí había rey, pero Samuel murió antes de que David reinara en Israel (1 S. 25:1). Los eruditos que rechazan la tradicional autoría de Samuel suelen atribuirle la composición de los libros al rey Salomón, o bien a un autor anónimo que escribió durante el reinado de David.


Por su parte, los argumentos que refutan las tres objeciones mencionadas y proponen reconocer a Samuel como autor, plantean lo siguiente: (1) En sentido estricto, la época de los jueces finalizó con la ascensión al trono de Saúl, que fue ungido rey por Samuel (1 S. 10:1; 11:14-15). Por lo tanto, es perfectamente posible que él haya escrito estos libros con posterioridad a la época de los jueces. (2) El tiempo transcurrido entre los hechos y las costumbres de la época de los jueces, y el momento en que todo esto se puso por escrito fue suficiente para justificar cierta pérdida de memoria histórica y la caída en desuso de algunas costumbres. De aquí se desprende la necesidad de incluir explicaciones para futuras generaciones de lectores. (3) Las referencias en el libro de Jueces a un rey, en sentido general (17:6; 18:1; 19:1; 21:25), y las referencias a David, en particular, en el libro de Rut (Rt. 4:17,22) se ajustan razonablemente al tiempo en que vivió Samuel, puesto que él estuvo presente en la coronación de Saúl y, tiempo después, ungió rey a David.


Sea cual fuere la posición correcta (es decir, atribuirle la obra a Samuel, a Salomón o a un autor anónimo), cualquiera de ellas puede responder satisfactoriamente a la preocupación sobre la posibilidad de que se haya agregado texto al final de estos libros.

LA CREDIBILIDAD DEL LIBRO DE JUECES Y EL LIBRO DE RUT

Ha surgido una ola de controversias en torno a ambos libros. Una lectura rápida y somera basta para que muchos cuestionen que se hayan incluido estos textos como parte de la Escritura, dado que algunos consideran que su contenido no es digno de la Palabra de Dios, o bien, que su valor es escaso o nulo para el lector del siglo xxi. En ambos libros, hallamos: (1) descripciones muy gráficas de escenas violentas (por ej., la matanza de personas aparentemente inocentes por orden de Dios, mutilaciones, sacrificios humanos y personas que se deleitan con la muerte de sus enemigos); (2) héroes que de ninguna manera pueden tomarse como modelo de conducta (aunque aparentemente se encuentran bajo el poder del Espíritu Santo, practican mentira, engaño, burla y se dejan llevar por su egocentrismo); (3) relaciones sexuales ilícitas o situaciones de insinuación sexual; (4) un retrato denigrante de la mujer y (5) un estilo literario que pareciera incluir exageración o fantasía.


La utilización de determinadas afirmaciones al final de estos libros requiere un cambio drástico en la forma de entender el propósito de ambos. En Jueces, el autor explica que cuando él estaba escribiendo «no había rey en Israel» (17:6; 18:1; 19:1; 21:25). En Rut, el autor presenta una genealogía que incluye el nombre del rey David, un rey de la época posterior a los jueces (Rt. 4:17,22). Así, antes que considerarlos como una mera guía sobre cómo atravesar situaciones difíciles, estos libros parecen defender una de estas dos posturas: (1) vivir en la época de los reyes era mejor que vivir en la época precedente, bajo el gobierno de los jueces (comp. libro de Jueces); o (2) a pesar de que no pertenecía a la realeza, sino que procedía de una familia sin prestigio ni dinero (comp. 1 S. 16:1,13; 18:18), David contaba con una herencia extraordinaria, que había comenzado con sus abuelos, personas temerosas de Dios, parte de una familia de la línea mesiánica.


Con respecto a las controversias en torno al contenido, una lectura detenida de los textos revela que el estilo franco y directo de la narración otorga a los libros mayor credibilidad que una versión recatada y recortada de los hechos. En ningún caso, se intenta encubrir el pecado, la insensatez ni los errores de los personajes. A pesar de las conclusiones a que los más escépticos podrían llegar con una lectura rápida de los textos, los libros nunca culpan a Dios por el pecado, la necedad ni las equivocaciones. Si bien Él no era culpable, los que se llamaban inocentes no lo eran en absoluto y tuvieron un castigo merecido.


Los acontecimientos y las costumbres se ajustan perfectamente al argumento narrativo de ambos libros y coinciden con los datos surgidos de fuentes de información extrabíblicas. Tal vez la lectura de estas historias produzca cierta incomodidad, pero recordemos que no fueron libros escritos para agradar ni complacer al lector. Ambas obras, en forma conjunta, nos confrontan con una verdad implacable, cuyo objetivo es sacudirnos, instruirnos y desafiarnos.