Marcos

Autor

El segundo Evangelio es anónimo, pero siempre se lo relacionó con el personaje de Marcos del N. T. En los mss. griegos más antiguos que poseemos, aparece el encabezado «Según Marcos», pero es posible que esto se haya agregado al realizar las primeras compilaciones de los Evangelios entre los años 100 y 130 d. C. La referencia más antigua que identifica a Marcos como autor de un Evangelio pertenece a Papías, obispo de Hierápolis, en Asia Menor, alrededor del año 130 d. C. Según Eusebio, historiador de la iglesia primitiva, Papías declaró que Marcos, cuando era discípulo de Pedro, había puesto por escrito las historias de Jesús que Pedro incluía en sus predicaciones, y que estos relatos eran fieles, aunque no cronológicos. Papías agregó que él había recibido toda esta información del «anciano», posiblemente refiriéndose al apóstol Juan.


Los eruditos de la alta crítica cuestionan las afirmaciones de Papías y plantean que quizá este no se refería al actual segundo Evangelio, o bien, que Papías sólo estaba haciendo conjeturas sobre el autor. Pero tales objeciones carecen de sustento. Poco tiempo después de Papías (aprox. 150 d. C.), Justino Mártir citó el segundo Evangelio como «las memorias de Pedro», dando a entender, al menos, que Papías se estaba refiriendo al Evangelio de Marcos. Además, ¿qué motivo pudo tener Papías o cualquier otra persona para atribuirle la autoría a un personaje casi desconocido como Marcos? ¿Por qué no atribuírselo a Pedro, o al menos a Silas (Silvano), que sin duda ocupó un lugar mucho más importante que Marcos en la iglesia primitiva e incluso fue secretario de Pedro, según 1 P. 5:12?


Puesto que no hay tradiciones contrapuestas, y dado que el testimonio de Papías es de fecha temprana y aparentemente bien informado, lo más lógico es aceptar la autoría de Marcos basándonos en pruebas externas. Muchos eruditos de la alta crítica, sin embargo, señalan que hay prueba intratextual que permite dudar de que el Marcos del N. T. haya sido el autor del segundo Evangelio. Analicemos qué tan sólido es este argumento:


En el N. T., el libro de los Hechos menciona diez veces a Juan Marcos, un hombre joven en cuya casa se reunía la iglesia en Jerusalén (Hch. 12:12), y que fue, además, quien acompañó a Pablo y a Bernabé en su primer viaje misionero (Hch. 12:25; 13:5,13; 15:37-39). En Colosenses y en Filemón, se presenta a Marcos como acompañante de Pablo la primera vez que estuvo preso en Roma (Col. 4:10; Flm. 24), y en 2 Timoteo, como el compañero a quien Pablo deseaba tener cerca mientras se hallaba prisionero en Roma por segunda vez (2 Ti. 4:11). En 1 Pedro leemos que Marcos era una persona muy querida para Pedro y que se encontraba junto con él en Roma (1 P. 5:13). Casi no hay duda de que todos estos textos remiten a una misma y única persona. A pesar de la popularidad del nombre Marcos en el siglo i, es bastante improbable que se mencionara a más de un Marcos, tan estrechamente vinculado al ministerio de Pedro y de Pablo (y de Bernabé, Silas y Lucas), sin establecer distinción entre uno y otro. La información parece indicar que el Marcos que presumiblemente escribió el segundo Evangelio creció en Judea, en el seno de una adinerada familia urbana, que fue criado siguiendo las enseñanzas de los doce apóstoles, que conoció a los principales líderes de la iglesia primitiva y que fue un viajero bastante experimentado. Sin embargo, algunos eruditos bíblicos piensan que este perfil no coincide con el autor del segundo Evangelio. Se señalan dos puntos en particular: (1) el Evangelio no se escribió en arameo, la lengua de los judíos de Palestina en el siglo i, sino en griego; y (2) el autor no parece tener buen conocimiento de la geografía ni de las costumbres de Palestina.

La respuesta concreta a cada uno de estos cuestionamientos se encuentra en las notas al texto bíblico. Por el momento, baste señalar, en primer lugar, que era casi un hecho que alguien perteneciente a una adinerada familia urbana de Palestina supiera griego. Y además, el griego del Evangelio de Marcos tiene una marcada influencia semítica, lo cual aumenta la probabilidad de que el autor haya sido un semita que hablaba griego como segunda lengua. En segundo lugar, las referencias supuestamente erróneas a las costumbres y la geografía de Palestina sólo son tales cuando se hace una lectura sesgada de los textos. Por otra parte, el Evangelio de Marcos revela un muy buen conocimiento de la teología de Pablo y de la versión apostólica (¿acaso de Pedro?) de los hechos de la vida de Jesús. Algunos eruditos bíblicos opinan que la descripción algo negativa que Marcos ofrece de los discípulos necesariamente debió de contar con aprobación apostólica; otros sugieren que el esquema de contenido de Marcos es semejante al esquema de la predicación de Pedro en Hechos.


Después de analizar las diferentes opciones, vemos que ni la prueba intratextual ni la externa aportan elementos suficientes como para descartar la autoría propuesta por la tradición, y la mejor conclusión es aceptar que el segundo Evangelio fue escrito por Juan Marcos. Por consiguiente, debemos considerar el segundo Evangelio una fuente de información altamente confiable sobre el Jesús histórico.

FECHA DE COMPOSICIÓN

Distintas tradiciones proponen diferentes fechas de composición del Evangelio. Según Ireneo, obispo de Lyon, en Francia (aprox. 180 d. C.), Marcos se escribió después de la «partida» de Pedro y Pablo de Roma. Las opiniones están divididas entre quienes piensan que Ireneo se refería a que Pedro y Pablo habían abandonado la ciudad y quienes piensan que se refería a su fallecimiento. En cualquier caso, eso ubica la fecha de composición a comienzos del año 60. Posteriormente, padres de la iglesia sostuvieron que el Evangelio se había escrito en vida de Pedro. Si se acepta la hipótesis respaldada por la mayoría de los eruditos bíblicos respecto a que Lucas usó, al menos en parte, material de Marcos, la fecha de composición de este Evangelio puede retroceder hasta la década del año 50, teniendo en cuenta que la fecha más temprana atribuida a Lucas se ubica alrededor del 60 d. C. Si así fuera, Marcos habría reunido su material unos 20 o 30 años después del ministerio de Jesús, es decir, dentro del término de vida de los testigos directos. Incluso los eruditos de la alta crítica se inclinan por una fecha no más allá del año 69 d. C. para el Evangelio de Marcos, puesto que el autor parece no haber tenido conocimiento de la destrucción de Jerusalén por parte de los romanos, en el 70 d. C.

PROBLEMAS

El principal problema que surge al estudiar la historicidad de Marcos es su relación con los otros Evangelios, en particular, con Mateo y Lucas. Hay consenso generalizado respecto del vínculo literario que une a los tres primeros Evangelios; alguno o algunos de estos sirvieron como fuente para los demás. La hipótesis que mejor integra la información que poseemos (aunque lejos de contemplarla en su totalidad) es la que propone que Mateo y Lucas se basaron en Marcos. No obstante, son sorprendentes las diferencias entre un Evangelio y otro en la manera de presentar un mismo hecho, sobre todo, entre Marcos y Lucas. En los tres Evangelios, se constatan pequeñas variaciones al citar las palabras de Jesús y, en ocasiones, cambia el orden de los acontecimientos. Algunas de estas diferencias quizá se deban a que Jesús hizo y dijo cosas similares en diferentes momentos, pero no es admisible recurrir a esta explicación en todos los casos, ni siquiera en la mayor parte de ellos. En cambio, parece más lógico atribuir las diferencias al género o estilo literario de los Evangelios.


Los Evangelios se parecen mucho a las biografías populares de la cultura grecorromana y siguen convenciones similares a la hora de reproducir o transmitir hechos y palabras. A diferencia del biógrafo moderno, al de la antigüedad no le interesaba demasiado dar datos precisos sobre la vida de alguien. Su interés principal era dar una imagen favorable de la persona y presentar los hechos y las palabras de su héroe de tal modo que los demás sintieran deseos de honrarlo y emularlo. Esto no significa que dieran información falsa de manera arbitraria o caprichosa, sino que su objetivo era diferente, y les preocupaba la precisión en un sentido general. Así, los Evangelios no ofrecen las palabras exactas de Jesús (conocidas como ipsissima verba) en cada ocasión, sino su verdadera enseñanza (ipsissima vox o «voz exacta»). Los Evangelios no pretenden dar un testimonio cronológico (salvo al llegar al momento de la Pasión), por lo tanto, con frecuencia los acontecimientos de la vida de Jesús aparecen ordenados según otros criterios: temáticos, o geográficos o simplemente según un esquema cronológico más amplio. En estos casos, la inerrancia solo resultaría comprometida si Jesús nunca hubiera dicho ni hecho las cosas que se le atribuyen, o si el autor hubiera hecho falsas afirmaciones respecto de la cronología de los hechos.


A diferencia de las biografías grecorromanas, el principal interés de los Evangelios no es exhibir los atributos de Jesús, sino fundamentalmente, explicar la relevancia de Jesús dentro del plan de Dios, como el Mesías tanto tiempo esperado. En tal sentido, cada uno de los Evangelios resalta un aspecto diferente de ese papel tan importante que Él desempeñó. Marcos enfatiza el hecho de que Jesús es el Hijo sufriente de Dios; muestra a un Jesús plenamente consciente de Su vocación e identidad mesiánica, mientras que los demás (excepto Dios y los demonios) aparecen desconcertados. Jesús demuestra tener poderes y autoridad sobrenaturales, pero al mismo tiempo, se presenta como un siervo humilde dispuesto a aceptar la cruz. Marcos hace que el lector avance rápidamente a través del ministerio de Jesús, Sus enseñanzas y los milagros que obró, hasta llegar al acontecimiento culminante de Su muerte y resurrección. El Evangelio alcanza el momento de máxima tensión con la confesión del centurión frente a la cruz: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (15:39).