Marcos
FECHA DE COMPOSICIÓN
Distintas tradiciones proponen diferentes fechas de composición del Evangelio. Según Ireneo, obispo de Lyon, en Francia (aprox. 180 d. C.), Marcos se escribió después de la «partida» de Pedro y Pablo de Roma. Las opiniones están divididas entre quienes piensan que Ireneo se refería a que Pedro y Pablo habían abandonado la ciudad y quienes piensan que se refería a su fallecimiento. En cualquier caso, eso ubica la fecha de composición a comienzos del año 60. Posteriormente, padres de la iglesia sostuvieron que el Evangelio se había escrito en vida de Pedro. Si se acepta la hipótesis respaldada por la mayoría de los eruditos bíblicos respecto a que Lucas usó, al menos en parte, material de Marcos, la fecha de composición de este Evangelio puede retroceder hasta la década del año 50, teniendo en cuenta que la fecha más temprana atribuida a Lucas se ubica alrededor del 60 d. C. Si así fuera, Marcos habría reunido su material unos 20 o 30 años después del ministerio de Jesús, es decir, dentro del término de vida de los testigos directos. Incluso los eruditos de la alta crítica se inclinan por una fecha no más allá del año 69 d. C. para el Evangelio de Marcos, puesto que el autor parece no haber tenido conocimiento de la destrucción de Jerusalén por parte de los romanos, en el 70 d. C.
PROBLEMAS
El principal problema que surge al estudiar la historicidad de Marcos es su relación con los otros Evangelios, en particular, con Mateo y Lucas. Hay consenso generalizado respecto del vínculo literario que une a los tres primeros Evangelios; alguno o algunos de estos sirvieron como fuente para los demás. La hipótesis que mejor integra la información que poseemos (aunque lejos de contemplarla en su totalidad) es la que propone que Mateo y Lucas se basaron en Marcos. No obstante, son sorprendentes las diferencias entre un Evangelio y otro en la manera de presentar un mismo hecho, sobre todo, entre Marcos y Lucas. En los tres Evangelios, se constatan pequeñas variaciones al citar las palabras de Jesús y, en ocasiones, cambia el orden de los acontecimientos. Algunas de estas diferencias quizá se deban a que Jesús hizo y dijo cosas similares en diferentes momentos, pero no es admisible recurrir a esta explicación en todos los casos, ni siquiera en la mayor parte de ellos. En cambio, parece más lógico atribuir las diferencias al género o estilo literario de los Evangelios.
Los Evangelios se parecen mucho a las biografías populares de la cultura grecorromana y siguen convenciones similares a la hora de reproducir o transmitir hechos y palabras. A diferencia del biógrafo moderno, al de la antigüedad no le interesaba demasiado dar datos precisos sobre la vida de alguien. Su interés principal era dar una imagen favorable de la persona y presentar los hechos y las palabras de su héroe de tal modo que los demás sintieran deseos de honrarlo y emularlo. Esto no significa que dieran información falsa de manera arbitraria o caprichosa, sino que su objetivo era diferente, y les preocupaba la precisión en un sentido general. Así, los Evangelios no ofrecen las palabras exactas de Jesús (conocidas como ipsissima verba) en cada ocasión, sino su verdadera enseñanza (ipsissima vox o «voz exacta»). Los Evangelios no pretenden dar un testimonio cronológico (salvo al llegar al momento de la Pasión), por lo tanto, con frecuencia los acontecimientos de la vida de Jesús aparecen ordenados según otros criterios: temáticos, o geográficos o simplemente según un esquema cronológico más amplio. En estos casos, la inerrancia solo resultaría comprometida si Jesús nunca hubiera dicho ni hecho las cosas que se le atribuyen, o si el autor hubiera hecho falsas afirmaciones respecto de la cronología de los hechos.
A diferencia de las biografías grecorromanas, el principal interés de los Evangelios no es exhibir los atributos de Jesús, sino fundamentalmente, explicar la relevancia de Jesús dentro del plan de Dios, como el Mesías tanto tiempo esperado. En tal sentido, cada uno de los Evangelios resalta un aspecto diferente de ese papel tan importante que Él desempeñó. Marcos enfatiza el hecho de que Jesús es el Hijo sufriente de Dios; muestra a un Jesús plenamente consciente de Su vocación e identidad mesiánica, mientras que los demás (excepto Dios y los demonios) aparecen desconcertados. Jesús demuestra tener poderes y autoridad sobrenaturales, pero al mismo tiempo, se presenta como un siervo humilde dispuesto a aceptar la cruz. Marcos hace que el lector avance rápidamente a través del ministerio de Jesús, Sus enseñanzas y los milagros que obró, hasta llegar al acontecimiento culminante de Su muerte y resurrección. El Evangelio alcanza el momento de máxima tensión con la confesión del centurión frente a la cruz: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (15:39).
