Jeremías

Autor

Jeremías es el segundo libro más extenso de la Biblia, después de los Salmos. Es el único libro del A. T. que aporta datos sobre su origen; según Jer. 36:1-26, Baruc escribió una primera versión dictada por Jeremías. La primera lectura del rollo se hizo delante del pueblo y luego se leyó una vez más, frente a los altos dignatarios de la corte y frente al rey. El mensaje escrito en el rollo enfureció tanto al rey Joacim, que rasgó el rollo y lo arrojó al fuego parte por parte. Jeremías, entonces, dictó a Baruc una segunda versión ampliada del libro (36:32). Las referencias a algunos textos escritos por el propio Jeremías (30:2; 51:60; comp. 25:13) sugieren que el rollo mencionado en 36:32 no es idéntico al libro que ahora conocemos. Las referencias a Jeremías en tercera persona, a partir del cap. 25, indican que quizá aquel rollo sea solamente los caps. 1–25 de la actualidad.

ESTRUCTURA Y CONTENIDO

Los eruditos bíblicos han trabajado arduamente para explicar el orden de las profecías de Jeremías. La obra en su conjunto no sigue un estricto orden cronológico, aunque sí hay elementos que muestran una secuencia temporal. Ninguna hipótesis logró consenso, pero se citan diversos recursos (tema, estilo, audiencia y retórica) para explicar determinadas conexiones. Con frecuencia se considera que el libro es una antología de unidades proféticas reunidas y combinadas en diferentes momentos, sin un propósito definido.


En época reciente, el erudito bíblico Richard Patterson planteó una hipótesis que consideramos útil, según la cual el orden de las profecías corresponde al llamado divino de Jeremías a profetizar a las naciones (1:4-19) y a Judá, en particular (1:13-19). Este autor identificó una doble estructura en el libro, que invierte el orden de estos dos aspectos mencionados: los caps. 2–24 tratan sobre Jeremías y su pueblo; los caps. 25–51 tratan sobre Jeremías y las naciones. Estas dos secciones están enmarcadas por la descripción del llamado y el envío del profeta en el cap. 1 y el apéndice histórico del cap. 52. A su vez, cada sección se subdivide en tres partes: a) presentación del tema (2:1–3:5 y 25:1-38), b) desarrollo (3:6–23:40 y 26:1–51:58) y c) conclusión, con una señal (24:1-10 y 51:59-64).


Las así llamadas confesiones de Jeremías (11:18-23; 12:1-4; 15:10-21; 17:14-18; 18:19-23; 20:7-18) están diseminadas a lo largo de los caps. 11–20. Los oráculos de esperanza (caps. 30–31) interrumpen los relatos sobre Jeremías (caps. 26–45). Las denuncias contra los reyes (21:11–22:30) y contra los profetas (23:9-40) parecieran colecciones independientes.

 

TEXTO Y VERSIONES


La versión griega más antigua de Jeremías, que se remonta a los dos siglos anteriores a la era cristiana, es un 12,5 % más breve que el texto hebreo (aunque agrega unos cien versículos que no aparecen en hebreo); respecto de las secciones más largas, solo faltan unas pocas (33:14-26; 39:4-13). El texto griego incluye menos títulos y reduce la  adjetivación, y omite palabras y versículos a lo largo de toda la obra. Más de 2700 palabras del texto hebreo no tienen equivalente en el texto griego. Los fragmentos de mss. hebreos hallados en Qumrán demuestran que, en tiempos de Jesús, coexistían un texto hebreo más extenso y uno más breve.

LA CREDIBILIDAD DE JEREMÍAS

En nuestro tiempo, es una postura corriente entre los eruditos de la alta crítica desechar la idea de que Dios puede dirigirse expresamente a una persona. Consideran que el discurso profético no es más que un recurso literario y estiman imposible la predicción de acontecimientos futuros. Ni siquiera dan cabida a la posibilidad de que lo que Jeremías tenía para decir pudiera ser verdad.


Ahora bien, este tipo de acusaciones no son nuevas. El propio Jeremías enfrentó gran resistencia durante su ministerio como profeta de Dios, y el fruto que cosechó de su ardua labor fue escaso o nulo. Todos hacían caso omiso de sus palabras y olvidaban su mensaje apenas pronunciado. Pero a pesar de tanta oposición, este profeta permaneció fiel a su ministerio.


Jeremías tenía plena convicción de que él transmitía un mensaje divino (1:2-3; 2:5; 34:1). Cuando estuvo preso (32:2; 37:15) e incluso amenazado de muerte (26:8), no se retractó de lo que había profetizado ni dejó de afirmar que sus mensajes provenían de Dios (26:12). Es posible que un hombre esté dispuesto a dar su vida por algo que equivocadamente cree que es la verdad, pero es bastante improbable que alguien muera por algo que sabe que es una farsa, y Jeremías estaba en una posición ideal para discernir si su mensaje era o no era revelado por Dios. Al observar la manera en que vivió en medio de una situación completamente adversa, podemos tener la certeza de que sus palabras no son fruto de los desvaríos de un demente.


En virtud de las palabras que describen la vocación de Jeremías: «Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones» (1:5), hay quienes se inclinaron a pensar que la fecha del llamado de Jeremías coincide con la de su nacimiento. Sin embargo, este hecho es improbable. El sentido claro del texto es que Dios había pensado en Jeremías y concebido un plan para su vida antes de su nacimiento, y que ya le había asignado el papel de profeta. Sin embargo, el envío de Jeremías tuvo lugar cuando él era un «niño» o «muchacho» (ver v. 6; la palabra hebrea original suele referirse a varones adolescentes). Los aspectos importantes que deben destacarse son que únicamente Dios escogió a Jeremías y que Dios habló a través del profeta escogido.