Isaías

Autor

Pese a opiniones contrarias, el libro de Isaías incluye muchas indicaciones de que el autor fue en verdad el profeta Isaías, quien desarrolló su ministerio en Judá, durante los reinados de Uzías, Jotam, Acaz y Ezequías, incluidos los primeros años del reinado de este, con Manasés como corregente (1:1). Las introducciones a los caps. 1, 2–12 y 13–24 están encabezadas por preámbulos que describen el contenido de los capítulos como palabras, visiones y oráculos de Isaías. Además, estos capítulos describen la secuencia de acontecimientos en la vida del profeta: vocación de Isaías (6:1-8); encuentro con Acaz en el estanque en Jerusalén (7:3-9); el hijo que Isaías tuvo con su esposa y los hechos en torno a ese nacimiento (8:1-4); los tres años durante los cuales deambuló casi desnudo como símbolo de la devastación de Israel (20:1-6); y la manera en que animó a Ezequías durante el sitio de Senaquerib a Jerusalén en el 701 a. C. (36:1–39:8).


Sin embargo, algunos comentaristas sugieren la intervención de dos o tres «Isaías» en el armado del libro. Su posición se sustenta en tres argumentos principales: (1) la teología de los caps. 1–39 difiere de la teología que presentan los caps. 40–66; (2) a lo largo del libro, se observan diferencias significativas en cuanto a léxico y estilo literario; (3) los caps. 1–39 profetizan la futura caída de Jerusalén, mientras que los caps. 40–66 suponen que Jerusalén está en ruinas y el pueblo se apronta a regresar del exilio. Algunos autores se basan en estos datos históricos y en los cambios en el énfasis teológico para argumentar que otro profeta (llamado Deutero-Isaías) escribió los caps. 40–55 durante el período del exilio, y que un tercer profeta (llamado Trito-Isaías o Tercer Isaías) escribió los caps. 56–66 durante la época posexílica.


En respuesta a estos planteos, los estudios recientes revelaron una marcada unidad temática que atraviesa toda la obra. Además, ahora se sabe que, en la antigüedad, un mismo autor podía recurrir a diferentes estilos, según la idea que intentaba transmitir. De modo que el contexto histórico del profeta sigue siendo el principal punto en discusión. Sin embargo, si uno cree que un profeta puede predecir lo que habrá de suceder en un futuro lejano (por ej., la destrucción de Jerusalén y el regreso del exilio), sin necesidad de llegar a vivir en esa época, entonces, los problemas históricos contextuales del libro de Isaías bien pueden resolverse sin necesidad de que hayan existido otros autores responsables de los textos exílicos y posexílicos.


Probablemente, el profeta Isaías escribió diferentes secciones del libro a través de los años, y es posible que haya recurrido a otras fuentes, como parece indicar su crónica del ataque de Senaquerib a Jerusalén (comp. 2 R. 18–20 con Is. 36–39). La mayoría de los mensajes del profeta resultan difíciles de ubicar en el tiempo, pero los caps. 2–5 parecen recoger los sermones de Isaías durante el próspero reinado de Uzías; los caps. 6–12 se refieren a la guerra siro-efraimita durante el reinado de Acaz; y numerosos oráculos contra las naciones, en los caps. 13–39, están relacionados con el ataque de Senaquerib a Jerusalén durante el reinado de Ezequías. No hay relatos que conecten los caps. 40–66 con el reinado de un monarca particular, por lo tanto, es imposible determinar su fecha exacta. En principio, se cree que dichos relatos pertenecen a los años subsiguientes al anuncio de Isaías de que Judá sería derrotada por Babilonia (39:1-8).

LOS TEMAS TEOLÓGICOS

Dada la gran cantidad de importantes temas teológicos que Isaías abordó en su predicación, su mensaje se distingue claramente del resto de los profetas. Uno de los temas clave en Isaías es el llamado al pueblo a depositar su confianza en Dios. Durante el reinado de Uzías, Judá era rico y poderoso, y el pueblo se sintió tentado a confiar en el poderío económico y militar (2:7-8) en lugar de confiar en Dios. Años más tarde, durante los reinados de Acaz (caps. 7–11; comp. 2 Cr. 28) y de Ezequías (caps. 28–39; comp. 2 R. 18–19), el poderío de Judá había disminuido, y Asiria ejercía el dominio sobre todas las naciones del Cercano Oriente. En medio de esta situación, era tentador confiar en una alianza política con Asiria (2 Cr. 28), con Egipto (Is. 30:1-6; 31:1-9) o con Babilonia (39:1-8), en lugar de confiar en Dios. Así, pues, para animar a su audiencia a confiar en Él, Isaías escribió un himno proclamando que él confiaría en el Señor (12:1b-2). Tiempo después, el profeta tuvo oportunidad de demostrar esta confianza cuando el general asirio le cuestionó a Ezequías su confianza en Dios (36:7). A pesar de hallarse en una situación extremadamente difícil, Isaías y Ezequías se dirigieron al Señor para que Él los liberara (37:16-20); antes que rendirse, prefirieron depositar toda su confianza en Dios.


Este tema plantea una tensión con su polo opuesto: la tendencia de Israel y el resto de las naciones a rebelarse contra Dios y no confiar en Él. Desde el primer capítulo, el profeta presenta al pueblo de Dios como hijos rebeldes (1:2-4) que pecaron contra Jehová; no le ofrecieron sacrificios que fueran agradables (1:11-15), fueron infieles, homicidas, oprimieron al débil y rindieron culto a dioses paganos (1:21-23,29-31). Isaías enseñó que todo lo soberbio sería humillado, y todo lo enaltecido sería abatido, y que solo el Señor sería exaltado (2:9-17). La soberbia nos coloca bajo el juicio de Dios, por lo tanto, Isaías exhortó a sus lectores a humillarse delante de Él.


Dios quiere servidores fieles que lo exalten y obedezcan Sus preceptos. Acaz no estuvo dispuesto a inclinarse ante Dios y servirlo (7:1-13). Incluso a Ezequías, un rey justo, le resultó difícil entregarse por completo al Señor, sin buscar amparo en otras naciones (caps. 30–31). La razón para servir a Dios se funda en que Su soberanía se extiende a todo lo que ocurre en el mundo. Y los numerosos pasajes sobre ídolos de madera que ni hablan, ni caminan ni pueden predecir el futuro confirman que Dios es excelso sobre todos los demás dioses y naciones (44:6-20). Él es el primero y el postrero; no hay otro Dios fuera de Él (45:5-7,14,18,21); los dioses babilónicos serían incapaces de proteger al pueblo de Babilonia (46:1-11). Por su parte, los israelitas eran siervos ciegos que no obedecían a Dios (42:18-22), pero Él levantaría un Siervo fi el que establecería la justicia en la tierra (42:1-4; igual que el Mesías en 9:6-7) y sería puesto por luz y nuevo pacto a las naciones (42:6-7; 49:6-7). Este siervo sería insultado y padecería por los pecados de los demás (50:4-9; 53:1-9), cargaría con dichos pecados a fin de obtener perdón para muchos (53:5,10-12). En un futuro, mediante la gracia transformadora de Dios, Israel y las demás naciones, todos reunidos, adorarán a Dios y lo servirán con fidelidad (60:1-9; 65:1-16) en Su glorioso reino.


A lo largo del libro, se describe la rebeldía y la soberbia con que las naciones paganas se enfrentan a Dios (caps. 13–23); sin embargo, Isaías anuncia que llegará el día en que todas las naciones se reunirán en Sión para adorarlo (2:2-4; 14:1-13; 19:18-25); vendrán con ofrendas (60:4-14), y algunos incluso ofi ciarán como sacerdotes y levitas (66:18-20). Pero aquellas naciones que no se sometan a Dios y que no lo adoren sufrirán las terribles consecuencias la ira divina (34:1-15; 63:1-6), y en lugar de disfrutar de los cielos nuevos y la tierra nueva, soportarán el tormento de un lugar donde el fuego nunca se apaga, y el gusano nunca muere (66:22-24). Estos temas instruyen al lector sobre los caminos del Señor, animan a exaltar a Dios al alma que en Él confía y advierten al pecador que debe dejar de lado su orgullo y altivez. Dios ya estableció un plan para Su reino; ahora cada uno debe decidir a quién habrá de servir.

SIGNIFICADO DEL MENSAJE DE MALAQUÍAS

Malaquías contrapuso la fidelidad del Señor a la infidelidad de Israel. Dios siempre había amado a Israel, aún lo amaba, y siempre amaría a Su pueblo. A cambio de ese amor, Él esperaba recibir la honra que un padre espera de un hijo o el respeto que el amo espera del esclavo. Pero los israelitas no habían honrado a Dios, sino que habían participado en cultos que lo deshonraban y habían oprimido a sus hermanos israelitas. El Señor resolvería esta situación castigando a los culpables y bendiciendo a los que se arrepintieran. Él purificaría a Su pueblo, quitando de en medio a quienes persistieran en la desobediencia y asegurando la permanencia de un remanente fiel.


Si bien el sacrificio de animales y los diezmos son temas mucho más presentes en el A. T. que en el N. T., el principio de entregarle al Señor lo mejor que tenemos permanece vigente. Debemos honrar y respetar a Dios, hoy como ayer, y Él sigue esperando que aquellos que lo adoran se entreguen a Él por completo. El diezmo era una manera de expresar, a través de lo económico, el amor a Dios de todo corazón y el amor al prójimo como a uno mismo (Lv. 19:18; Dt. 6:4-9). También hoy, los creyentes deben reconocer que todo cuanto poseen les fue dado por Dios y que deben administrarlo como mayordomos responsables, preguntándole al Señor cuál es Su voluntad respecto de todo aquello que puso en sus manos.