Ezequiel

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Los últimos años del reino de Judá estuvieron envueltos en un clima de intriga y tragedia característico de todo proceso de desintegración nacional. Josías (640–609 a. C.) fue el último gobernante de Judá consagrado a Dios. Después de que el sacerdote Hilcías descubrió el libro de la ley en el templo, Josías impulsó una reforma religiosa en un intento de reavivar la fe de su pueblo (2 R. 22:8,11-13). La muerte prematura de Josías en el 609 a. C. determinó que lo sucediera su hijo Joacaz, quien inmediatamente se propuso revertir la renovación espiritual impulsada por su padre. Apenas a los tres meses de ser ungido rey, el faraón Necao lo tomó prisionero (2 R. 23:31-35; Jer. 22:10-12) y puso en su lugar a Eliaquim, otro hijo de Josías, y lo coronó con el nombre Joacim. Este segundo hijo siguió la misma política de su hermano, dando marcha atrás en la reforma religiosa iniciada por su padre.


La derrota del faraón Necao a manos de Nabucodonosor en el 605 a. C. consagró a Babilonia como potencia dominante en la región. Ese mismo año, Nabucodonosor sometió a Judá, y parte de la población de Jerusalén marchó cautiva a Babilonia, lo cual marcó el comienzo del fin de la nación. Entre los cautivos, se encontraba un joven llamado Daniel que (junto con Ezequiel) llegó a ser uno de los dos grandes profetas del exilio. Durante los siete años siguientes, Joacim permaneció fiel a Babilonia en sus declaraciones públicas, pero en secreto tramaba una alianza con Egipto con la esperanza de obtener la independencia de Judá. En el 598 a. C., Nabucodonosor regresó a Judá decidido a derrocar a Joacim y reemplazarlo por su hijo Joaquín, de 18 años de edad. Pero al cabo de tres meses, se vio claramente que Joaquín perseguía el mismo sueño de independencia que su padre, de modo que en el 597 a. C., Nabucodonosor lo sustituyó por su tío, Matanías, a quien el monarca babilonio coronó con el nombre Sedequías.


A poco de iniciado este segundo sitio a Jerusalén (598 a. C.), Nabucodonosor llevó un segundo grupo de cautivos a Babilonia; entre ellos, había un joven de nombre Ezequiel, que pertenecía a la familia sacerdotal de Buzi, de los sacerdotes hijos de Sadoc (1 R. 1:32; Ez. 1:3; 44:15). Hubo gran expectativa de que el reinado de Sedequías marcara el comienzo de un nuevo tiempo de paz, prosperidad y estabilidad (Jer. 28:1-9). Sin embargo, muy pronto se vio que no resultaría así. En el 598 a. C., Ezequiel tenía 25 años de edad, y faltaban exactamente cinco años para que comenzara a ofi ciar como sacerdote en el templo.


Aun después de la deportación de estos dos primeros grupos, una fuerte corriente de resistencia continuó extendiéndose en Judá. Egipto formó una coalición con Edom, Moab, Amón, Tiro, Sidón y Judá, y juntos planificaron librarse del dominio de Babilonia. En Judá, y entre los cautivos en Babilonia, había grandes esperanzas de que el exilio fuera breve. Soñaban con un pronto retorno a Jerusalén y estaban convencidos de que Dios jamás permitiría la caída de la ciudad ni la profanación del templo. Pero su sueño no habría de cumplirse. Nabucodonosor regresó en una tercera y última campaña que marcó la caída de Jerusalén, la destrucción del templo y el traslado de los tesoros del templo a Babilonia, en el año 587 o 586 a. C. (2 R. 25:1-21).


En el 593 a. C., seis años antes de la caída de Jerusalén, Ezequiel tuvo la primera de una serie de 14 visiones que componen los 48 capítulos de su libro. Su ministerio se prolongó por un mínimo de 22 años, hasta que recibió su última visión profética en el 571 a. C. (29:17). Ezequiel estaba casado, pero no se menciona que tuviera hijos. Mientras desarrollaba su ministerio, falleció su esposa; esa terrible pérdida fue la base de uno de sus mensajes sobre la agonía de la nación (24:15-27). El nombre Ezequiel significa «Dios hace fuerte», y ciertamente, él procuró ser fuente de fortaleza para poder advertir y, a la vez, animar al pueblo respecto de la necesidad de arrepentirse y recuperar la fe. Los catorce mensajes están ordenados cronológicamente; cada uno de ellos con su correspondiente día, mes y año. Comienzan con el llamado en Ez. 1:1, con fecha 31 de julio del 593 a. C., y continúan hasta el cap. 40, con la última visión del nuevo templo, la nueva Jerusalén y un Israel reunificado, fechada el 22 de octubre del 573 a. C.


Nunca se plantearon cuestionamientos serios en torno a la autoría del libro de Ezequiel. Aun cuando su nombre se menciona sólo en 1:3 y 24:24, siempre hubo consenso generalizado de reconocer al profeta como autor. La obra es autobiográfica de principio a fin, y muestra unidad de lenguaje y de estilo. El orden cronológico también contribuye a darle unidad y una estructura equilibrada.

LOS TEMAS EN EL LIBRO DE EZEQUIEL

La perspectiva teológica de Ezequiel estuvo influenciada por la educación recibida en el seno de una familia sacerdotal. Se identifican al menos seis temas en el libro; cada uno de ellos está basado en los anteriores, y a partir de allí, se avanza para presentar un nuevo aspecto del mensaje.


1. El mensaje de Ezequiel comienza con una visión de la santidad y la trascendencia de Dios, que Israel y Judá ignoraron.


2. La santidad de Yahvéh exigía juicio y castigo, lo cual significaba que la destrucción de Jerusalén era inminente.


3. Un Dios trascendente se preocupaba por el pecado de la humanidad y debía castigarlo. Tiempo atrás, el profeta Amós (aprox. 760 a. C.) había resaltado la injusticia social que reinaba en la nación. Ezequiel fue más allá de la visión de pecado por parte de Amós e identificó la raíz espiritual del pecado como una falta grave contra la santidad de Dios y Sus mandamientos.


4. De esta visión que Ezequiel tiene del pecado, nace su llamado a la responsabilidad individual. Su mensaje en 18:1-32 es una de las afirmaciones más claras sobre la responsabilidad individual halladas en la Biblia.


5. Cuando hubo explicado cabalmente el principio de la responsabilidad por nuestros actos y el castigo, equilibró la balanza proclamando anuncios maravillosos de esperanza y restauración, particularmente en los caps. 33–37 y 40–48.


6. El tema que imbuye toda la visión teológica del libro es la conciencia que tiene el profeta del propósito redentor de Dios, a la luz de Su naturaleza y de la gran necesidad del ser humano.


La perspectiva escatológica (el fin de los tiempos) de Ezequiel ha dado lugar a numerosos debates. Debemos analizar este aspecto en conexión con otras obras bíblicas de carácter escatológico, especialmente Daniel y Zacarías en el A. T., y Apocalipsis en el N. T.


Sin duda, la concepción escatológica de cada uno de nosotros determinará, en gran parte, cómo interpretaremos los mensajes de Ezequiel. La posición reflejada en estos comentarios corresponde a la perspectiva premilenaria dispensacional, que considera que la segunda venida de Cristo inaugurará un reino terrenal, visible, por un período de mil años. Esta visión complementa la exégesis del texto y es el correlato ideal de la teología de Ezequiel y la forma en que entendía el reino de Dios.


El mensaje del libro está bien organizado y sigue una secuencia lógica. La primera sección comienza planteando el tema de la presencia real de Dios en medio de tiempos turbulentos (1:1–3:27), a través de una pregunta de orden teológico: ¿dónde está Dios en medio de las tormentas que sacuden nuestra vida? En segundo lugar, Ezequiel habla de la realidad del castigo de Dios tanto para Israel como para el resto de las naciones (4:1–32:32). Tercero, el profeta revela la restauración y la derrota final de los enemigos de Israel (33:1–39:29). Por último, dedica su mensaje final a la redención y restauración que le espera a todo el pueblo de Dios (40:1–48:35).

LA CREDIBILIDAD DE JEREMÍAS

En nuestro tiempo, es una postura corriente entre los eruditos de la alta crítica desechar la idea de que Dios puede dirigirse expresamente a una persona. Consideran que el discurso profético no es más que un recurso literario y estiman imposible la predicción de acontecimientos futuros. Ni siquiera dan cabida a la posibilidad de que lo que Jeremías tenía para decir pudiera ser verdad.


Ahora bien, este tipo de acusaciones no son nuevas. El propio Jeremías enfrentó gran resistencia durante su ministerio como profeta de Dios, y el fruto que cosechó de su ardua labor fue escaso o nulo. Todos hacían caso omiso de sus palabras y olvidaban su mensaje apenas pronunciado. Pero a pesar de tanta oposición, este profeta permaneció fiel a su ministerio.


Jeremías tenía plena convicción de que él transmitía un mensaje divino (1:2-3; 2:5; 34:1). Cuando estuvo preso (32:2; 37:15) e incluso amenazado de muerte (26:8), no se retractó de lo que había profetizado ni dejó de afirmar que sus mensajes provenían de Dios (26:12). Es posible que un hombre esté dispuesto a dar su vida por algo que equivocadamente cree que es la verdad, pero es bastante improbable que alguien muera por algo que sabe que es una farsa, y Jeremías estaba en una posición ideal para discernir si su mensaje era o no era revelado por Dios. Al observar la manera en que vivió en medio de una situación completamente adversa, podemos tener la certeza de que sus palabras no son fruto de los desvaríos de un demente.


En virtud de las palabras que describen la vocación de Jeremías: «Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones» (1:5), hay quienes se inclinaron a pensar que la fecha del llamado de Jeremías coincide con la de su nacimiento. Sin embargo, este hecho es improbable. El sentido claro del texto es que Dios había pensado en Jeremías y concebido un plan para su vida antes de su nacimiento, y que ya le había asignado el papel de profeta. Sin embargo, el envío de Jeremías tuvo lugar cuando él era un «niño» o «muchacho» (ver v. 6; la palabra hebrea original suele referirse a varones adolescentes). Los aspectos importantes que deben destacarse son que únicamente Dios escogió a Jeremías y que Dios habló a través del profeta escogido.